El VIH no solo se transmite por la sangre o el sexo sin protección; también viaja en los discursos, en los silencios y en las campañas que moldean nuestra forma de entender el riesgo.

"El objetivo principal para el año 2030, establecido por las Naciones Unidas y liderado por ONUSIDA, no es solo que "todas las personas con VIH" tengan una condición específica, sino poner fin a la epidemia del SIDA como amenaza para la salud pública mundial."

Las campañas del VIH no solo informan, también construyen miedos, actitudes y formas de cuidarse. Esta investigación compara las narrativas oficiales en Guadalajara entre 1992-1995 y 2020-2025 para entender cómo el Estado ha moldeado la idea de riesgo en los jóvenes y si, después de tres décadas, esas estrategias realmente han servido para crear una cultura de prevención.
¿Crees que el VIH quedó en los noventa? Cuando hablamos de VIH, muchos piensan en los años noventa, en campañas de miedo y en un problema del pasado. Sin embargo, la realidad es otra: en Jalisco, la epidemia nunca se fue. En un articulo de investigación realizado por Caballero y Villaseñor se menciona que entre 1983 y 1997 se documentaron más de 32 mil casos, la mayoría en jóvenes menores de 25 años. Y hoy, más de dos décadas después, el panorama sigue siendo preocupante: en 2020 se registraron 337 muertes, con una prevalencia alarmante entre hombres de 15 a 29 años, según el Instituto de Información Estadística y Geográfica (IIEG) de Jalisco. El virus sigue aquí, y lo más peligroso es olvidarlo.
Lo inquietante no es solo la enfermedad, sino cómo aprendemos a verla. Los discursos del Estado —los mensajes oficiales que circulan en campañas y medios— no son simples advertencias sanitarias. Son narrativas que moldean lo que entendemos por riesgo, lo que asociamos con el cuidado del cuerpo y hasta las prácticas que creemos “seguras”. Estos discursos son formas de poder simbólico: nos dicen qué temer, cómo actuar y qué pensar sobre nuestra propia sexualidad.
El VIH no solo se transmite por sangre o sexo sin condón. También se transmite en los discursos que elegimos creer o ignorar. La comparación de dos épocas —1992-1995 y 2020-2025— revela cómo han cambiado (o no) esas narrativas y qué impacto real tienen en la vida de los jóvenes.
Aquí se muestran cómo las campañas de prevención del VIH de COESIDA en Guadalajara van más allá de simples anuncios: son discursos que buscan influir en cómo los jóvenes entienden el riesgo. Sin embargo, no todos los reciben igual; algunos los creen, otros los reinterpretan y muchos los ignoran. He descubierto que el riesgo no se limita a lo biológico, sino que también se construye culturalmente. Experiencias, creencias, costumbres e ideologías marcan la manera en que se percibe el VIH. Los medios, al difundir estos mensajes, terminan moldeando la forma en que vivimos nuestra salud y sexualidad.


Mi investigación entiende algo más allá de las cifras: cómo el Estado, a través de los medios, construye la idea misma de riesgo frente al VIH. No se trata solo de advertir sobre contagios, sino de mostrar cómo se moldea la forma en que los jóvenes de Guadalajara interpretan su propia vulnerabilidad. En esos discursos oficiales se definen cuerpos, se regulan conductas y se trazan límites sobre la sexualidad juvenil. Al analizarlos, muestro cómo la prevención es también un ejercicio de poder simbólico, donde las palabras y las imágenes no solo informan, sino que intentan ordenar la vida social.
A través de las campañas de COESIDA, se ponen en circulación discursos que buscan orientar prácticas de autocuidado, definir quiénes son los sujetos vulnerables y legitimar determinadas conductas preventivas.

Durante el periodo de 1992 a 1995, las campañas de prevención del VIH en Guadalajara se difundieron principalmente a través de spots televisivos, carteles impresos y materiales gráficos urbanos. Estos mensajes, diseñados bajo una lógica racional y preventiva, buscaban generar conciencia sobre la transmisión del virus y promover prácticas como el uso del condón y la realización de pruebas rápidas.

En el periodo de 2020 a 2025, las campañas se trasladan a un escenario más digital y multiplataforma, utilizando redes sociales (especialmente Facebook), carteles urbanos, materiales impresos y eventos públicos. Aquí, la interacción juvenil con los mensajes se visibiliza a través de comentarios, reacciones y visualizaciones en redes sociales, lo que permite observar cómo los discursos estatales circulan y son significados en un entorno tecnológico distinto al de los noventa.

Más allá de su contenido explícito, ambas etapas contienen discursos que construyen simbólicamente la idea de riesgo, peligrosidad y responsabilidad individual frente al VIH.
Estos discursos funcionan como formas simbólicas que expresan poder e ideología, influyendo en cómo los jóvenes perciben el riesgo y en cómo lo significan de acuerdo con sus contextos culturales y sociales.

Al comparar los productos mediáticos de ambos periodos —spots televisivos y carteles impresos (1992–1995) frente a publicaciones en Facebook, carteles y materiales impresos (2020–2025)— se analiza cómo el poder simbólico del Estado se manifiesta en los discursos sobre el VIH, y de qué manera los jóvenes los reciben, resignifican o rechazan.

Por lo que en un contexto local y temporal específico, se han evidenciado las tensiones entre los mensajes institucionales y los significados que los jóvenes atribuyen al riesgo y a su propia vulnerabilidad.

Asimismo, se realizaron entrevistas a jóvenes de 15 a 29 años de Guadalajara, con el objetivo de explorar cómo los jóvenes participan en la construcción simbólica del riesgo del VIH a partir de los discursos estatales en campañas de COESIDA, analizando cómo los interpretan, resignifican o rechazan según su contexto sociocultural.
La entrevista con un paciente masculino de Guadalajara (México), revela cómo las campañas de VIH han impactado su percepción y resignificación del riesgo. Diagnosticado a los 26 años, el paciente recuerda que, antes de conocer su estatus, la información sobre VIH en su entorno era mínima y los mitos sociales predominaban, generando miedo y desinformación. Aunque recibió educación básica sobre prevención, él menciona que la falta de campañas efectivas y de información accesible contribuyó a su vulnerabilidad frente al contagio.
Desde la perspectiva del poder simbólico de Thompson, las campañas de VIH funcionan como dispositivos de autoridad simbólica que estructuran la manera en que los individuos interpretan el riesgo. En este caso, la ausencia de mensajes claros y pertinentes en su juventud limitó su capacidad de reconocer prácticas seguras, mientras que la exposición gradual a información médica confiable y a mensajes de prevención transformó su comprensión del virus. El paciente señala que, tras el diagnóstico y con el acompañamiento médico adecuado, resignificó su relación con el VIH, comprendiendo la importancia de la adherencia al tratamiento antirretroviral y el concepto de “Indetectable = Intransmisible (I = I)”, lo que le permitió reducir la ansiedad y sentirse más seguro en sus relaciones sexuales.
Además, el paciente evidencia cómo el estigma y la discriminación social influyen en la resignificación del riesgo: aunque su acceso a servicios de salud fue positivo, la propagación de prejuicios en ámbitos laborales y sociales reforzó la percepción de vulnerabilidad y el miedo al rechazo. Este contraste entre la información científica y las representaciones sociales negativas subraya la relevancia del poder simbólico de las campañas: no solo informan sobre prevención, sino que también moldean la manera en que los jóvenes internalizan y actúan frente al riesgo, promoviendo una resignificación que puede ir de la desinformación y el miedo hacia la conciencia y la responsabilidad sanitaria.
En conclusión, la entrevista muestra que las campañas de VIH, cuando logran transmitir mensajes claros y accesibles, permiten que los jóvenes resignifiquen el riesgo, superen el miedo inicial y adopten conductas preventivas y de cuidado personal. Sin embargo, la persistencia de estigmas sociales y la insuficiencia de difusión siguen siendo barreras que limitan la efectividad de estas campañas, especialmente entre la población juvenil de Guadalajara.
ENTREVISTA A JÓVENES SOBRE LAS CAMPAÑAS DE VIH
Las entrevistas realizadas a jóvenes de 15 a 29 años de Guadalajara revelan que el VIH sigue siendo percibido principalmente desde el miedo y la preocupación, lo que demuestra la persistencia de imaginarios asociados a la enfermedad como sinónimo de peligro y estigma. Este miedo —más emocional que informativo— muestra cómo las formas simbólicas del riesgo construidas por el Estado y difundidas a través de campañas preventivas aún influyen en la manera en que los jóvenes conceptualizan la vulnerabilidad.
En general, los entrevistados reconocen haber recibido información sobre el VIH desde la escuela o los medios digitales, pero la mayoría no identifica campañas recientes de COESIDA con claridad. Quienes recuerdan algún mensaje lo asocian con frases genéricas como “Cuídate” o “Usa protección”, lo que indica que la comunicación estatal se percibe poco innovadora, distante y carente de conexión emocional con las nuevas generaciones.
En cuanto a la efectividad de las campañas, los jóvenes coinciden en que “informar no es suficiente”. Aunque valoran que se promueva el uso del condón o las pruebas rápidas, consideran que el impacto real depende de factores individuales, culturales y sociales. Algunos atribuyen el contagio al “descuido” o al “impulso juvenil”, más que a la falta de conocimiento, lo que evidencia una disonancia entre el discurso institucional y la experiencia cotidiana del riesgo.
Respecto a los medios y formatos, las entrevistas muestran una preferencia clara por plataformas digitales como TikTok, YouTube y Facebook, al considerarlas espacios donde los mensajes son más visuales, breves y atractivos. Sin embargo, los participantes señalan que las campañas oficiales suelen tener un tono rígido, moralista o excesivamente técnico, lo que dificulta la identificación del público joven con el mensaje.
Por otro lado, algunos entrevistados destacan la importancia de actualizar la información sobre los avances médicos y reducir los estigmas sociales, pidiendo que las campañas sean más realistas, empáticas y representen la diversidad de los jóvenes actuales. Otros jóvenes, insisten en la necesidad de que el discurso estatal sea más “duro y directo”, lo que refleja distintas formas de resignificación del riesgo según el contexto y las experiencias personales.
Finalmente, las entrevistas confirman que los jóvenes no son receptores pasivos, sino actores interpretativos que reelaboran los mensajes oficiales de acuerdo con su entorno cultural, sus emociones y sus referencias digitales. Así, el VIH no se percibe solo como un riesgo biológico, sino como un constructo simbólico mediado por el miedo, la desconfianza institucional y la distancia comunicativa del Estado.
Lo que piensan los jóvenes sobre el VIH (y por qué las campañas no están funcionando).
Asimismo se realizó una encuesta a jóvenes de Guadalajara, para conocer sobre cómo los discursos estatales y las campañas de prevención del VIH han influido en la percepción, actitudes y comportamientos de los jóvenes de Guadalajara durante los periodos de 1992-1995 y 2020-2025.
La mayoría de los jóvenes sigue asociando el VIH con el miedo, el contagio y la culpa. En la encuesta realizada en Guadalajara, pocos lo relacionan con salud, derechos o empatía. Aunque han escuchado hablar del tema, más de la mitad no recuerda ninguna campaña reciente de COESIDA, y los que sí lo hacen mencionan mensajes genéricos como “Usa condón” o “Cuídate”.
El problema no es la falta de información, sino la falta de conexión. Los jóvenes sienten que las campañas hablan “desde arriba”, con un lenguaje técnico y distante. Ya no basta con advertencias; buscan mensajes reales, con historias, emociones y voces cercanas.
Proponen campañas más visuales y breves, en redes como TikTok o Instagram, con testimonios auténticos y un tono empático. En resumen, los jóvenes no son receptores pasivos: reinterpretan o ignoran los discursos oficiales cuando no los sienten propios.
El reto para el Estado y las instituciones está claro: dejar de informar para empezar a dialogar. Solo así se puede reconstruir el sentido del riesgo y recuperar el poder simbólico de la comunicación pública.

Las campañas de 1992–1995, como “Sida 92–95”, “El Sida se contagia por miedo” o “Sida I: Camas”, se construyen desde un discurso moralizante y alarmista, donde el miedo funcionaba como principal recurso de persuasión. El VIH se representaba como amenaza mortal, asociada al pecado o la imprudencia sexual.
En cambio, las campañas de 2020–2025 —como “Toma la decisión”, “Soy más de lo que ves” o “Profilaxis”— apuestan por un enfoque educativo, inclusivo y basado en derechos, priorizando el autocuidado, la empatía y la normalización de la salud sexual.
El lenguaje de los 90s era imperativo, normativo y jerárquico, reforzando la distancia entre el Estado y la ciudadanía: los mensajes ordenaban (“protege”, “no te arriesgues”) y buscaban controlar conductas.
En la actualidad, el discurso institucional se vuelve más horizontal y técnico, usando conceptos como “PrEP”, “PEP” o “detección oportuna”, aunque aún mantiene una cierta frialdad informativa.
Esto genera, como señalan los jóvenes entrevistados, una disonancia simbólica: las nuevas campañas informan, pero no conectan emocionalmente con el público juvenil.
En los noventa, la televisión, la radio y la cartelería urbana eran los canales centrales: medios unidireccionales, con poca interacción.
Hoy, el ecosistema es digital e interactivo: COESIDA utiliza Facebook, Instagram, TikTok y eventos presenciales como Talent Land, donde las y los jóvenes pueden participar.
Este cambio muestra una nueva circulación simbólica, donde los mensajes ya no son cerrados, sino reinterpretados por los usuarios en redes (comentarios, reacciones, memes o debates).
Durante los noventa, el Estado se presentaba como autoridad moral y sanitaria incuestionable; su discurso tenía un poder simbólico fuerte basado en el miedo y la censura.
En la actualidad, aunque COESIDA mantiene autoridad técnica, su legitimidad simbólica se ha debilitado: las campañas carecen de narrativa emocional o estética que resuene con la juventud digital.
El poder simbólico, en términos de Thompson, se ha desplazado del emisor al receptor, transformando a los jóvenes en actores que reinterpretan, ironizan o ignoran los discursos institucionales.
Las campañas de 1992–1995 buscaban controlar el comportamiento; las de 2020–2025 intentan educar y acompañar, pero aún enfrentan el reto de reconstruir el sentido del riesgo en una cultura saturada de información.
El desafío actual para COESIDA es reapropiar su poder simbólico, no a través del miedo, sino del diálogo, la cercanía y la representación real de los jóvenes.
Solo mediante un lenguaje emocional, participativo y contextual podrá transformar la prevención en una práctica simbólicamente significativa y culturalmente efectiva.


Mi investigación revela algo clave: el Estado sí comunica sobre el VIH, pero los jóvenes no siempre se sienten parte del mensaje.
A través de las campañas de COESIDA, el Estado intenta construir una idea de “riesgo” para promover la prevención, pero los jóvenes interpretan esos mensajes desde sus propias experiencias, emociones y redes sociales.
Las campañas actuales informan, pero no conectan emocionalmente. Hablan de salud, pero no de las realidades juveniles: del miedo, del deseo, del amor, del error. Y eso hace que muchas veces los mensajes se pierdan.
Comparando con los años noventa, el cambio es evidente: ya no se usa el miedo como herramienta, pero aún falta diálogo. Los jóvenes quieren campañas honestas, visuales y reales, hechas en su lenguaje, en sus plataformas y con sus voces.
Esta investigación deja claro que prevenir el VIH no es solo informar, sino construir sentido. Para lograrlo, las instituciones necesitan escuchar más y hablar menos.
El reto ahora es transformar la comunicación en una herramienta de cercanía, empatía y poder compartido.
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